Terça-feira, Janeiro 31, 2012

A LUTA PELA DIGNIDADE

Tercera tesis: La Humanidad, por distintos y convergentes caminos, ha descubierto que el
modo más seguro y eficaz de conseguir la felicidad y la justicia es afirmando el valor intrínseco
de cada ser humano.

Tanteó primero otros caminos, que aún son preferidos por algunas sociedades. Por ejemplo, la afirmación de la preeminencia del grupo, de la nación, de la raza o de Dios sobre el individuo. Pero el estudio de la historia nos enseña que la evolución moral de la Humanidad lleva -no sabemos si de una manera definitiva- a la defensa del valor intrínseco de cada ser humano, como supremo valor a proteger, como fundamento de toda convivencia noble y pacífica. En los últimos siglos, este valor
ha sido designado con el término «dignidad», que en la actualidad figura en muchas
Constituciones políticas.

Cuarta tesis: Ese valor supremo ha encontrado su mejor definición operativa en el concepto
de derechos prelegales (derechos subjetivos, innatos, derechos morales, o como quieran
denominarlos), que a su vez se han concretado en los llamados derechos humanos.

Por esta razón hablamos con frecuencia de las dos grandes declaraciones, la de 1879 y la de
1948, dos momentos estelares en la historia que vamos a contar, en la historia de nuestra
humanización.

Tesis metodológica: La historia de la lucha por la dignidad es una fundamentación práctica
de la ética.

Los filósofos suelen acudir para fundamentar la ética a las obras de otros filósofos. Con ello corren el peligro de quedarse en la claridad de los conceptos y olvidar el dramatismo de lo real. La exuberante textura de la vida. Creemos que la historia es el gran banco de pruebas de las soluciones morales. Cada cultura ha intentado resolver los problemas como ha podido. Sería estúpido no tener en cuenta sus esfuerzos, no asimilar sus triunfos ni aprender de los errores. En asuntos prácticos, la dilatada experiencia se convierte en sabiduría. Ya lo dijo Cicerón hablando de la Constitución romana: «Ni los
poderes convenidos de todos los hombres, viviendo en determinado momento, podrían hacer todas las previsiones de futuro necesarias sin la ayuda de la experiencia y de la gran prueba del tiempo».

No vamos a hacer herboristería cultural, sino descripción viva. Hay un proceso de invención ética, caudaloso, tenaz, incierto, análogo al proceso de invención científica. Millones de intentos, de tanteos, de rechazos, de críticas, de ajustes, de debates, de equivocaciones, hacen emerger en un caso modos de vida y en el otro teorías científicas. Ese hervor inventivo es insustituible, pues de él proceden las novedades, pero no es de fiar. Necesitamos un segundo nivel crítico, de selección, de comprobación, de aseguramiento. La verdad es, ante todo, firmeza. En hebreo se dice emunah, «aquello que permite construir encima». Y lo mismo significa epi-steme, la palabra que designa el conocimiento
verdadero. Y el akadio kittum, que -¡oh maravilloso círculo!- significa lo estable, lo verdadero y también la ley. Sin ese nivel de justificación, de legitimación de lo que decimos,
es imposible alcanzar la ansiada paz. Ya se lo dijo Sócrates a Eutifrón:
Lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo. ¿No son ésas las cosas que,
cuando disputamos y no hallamos un criterio lo suficientemente decisivo, nos con vierten
siempre en enemigos, a ti y a mí y a todos los demás seres humanos?

La biografía de las invenciones morales nos proporciona simultáneamente un criterio
de justificación. Los hechos sugieren la teoría y después la confirman o la niegan. En el
mundo de la inteligencia práctica, la experiencia de millones de personas es un argumento
digno de tenerse en cuenta. Hay que tomarse el dolor en serio como fundamento de la
ética. Y también, por supuesto, la alegría, la admiración y el triunfo.

José Antonio Marina
María de la Válgoma
LA LUCHA POR LA DIGNIDAD
Teoría de la felicidad política

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